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La CIA y el anticomunismo de la Escuela de Frankfurt

Gabriel Rockhill

Fuente: Rebelión

La teoría crítica de La Escuela de Frankfurt ha sido—junto a la teoría Francesa—una de las mercancías más codiciadas de la industria teórica global.

Juntas, sirven como una fuente común para muchas de las modas intelectuales que influencian los tipos de teoría crítica que actualmente dominan el mercado académico en el mundo capitalista, desde la teoría postcolonial y decolonial a la teoría queer, el afro-pesimismo y más allá. La orientación política de La Escuela de Frankfurt ha tenido como consecuencia un efecto fundacional en la intelligentsia globalizada del mundo occidental.

Las luminarias de la primera generación del Instituto de Estudios Sociales—particularmente Theodoro Adorno y Max Horkheimer, quienes serán el foco de este corto ensayo—son figuras fundamentales en lo que se conoce como marxismo occidental, o cultural. Para aquellos familiarizados con la reorientación de Jürgen Habermas que se aleja del materialismo histórico en la segunda y tercera generaciones de La Escuela de Frankfurt, este trabajo temprano frecuentemente representa una indiscutible era dorada de la teoría crítica, cuando aún estaba—aunque quizás de forma pasiva o pesimista—dedicada de alguna manera a una forma de política radical. Si hay un grano de verdad en esta presunción, solo existe en la medida en que la Escuela de Frankfurt temprana se compara a generaciones posteriores que reinventaron la teoría crítica como ideología radical liberal—o incluso, simplemente y sin tapujos, como ideología liberal. En todo caso, este punto de comparación pone la vara muy baja, algo que ocurre cuando uno reduce lo político a la política del mundo académico. Después de todo, la primera generación de la Escuela de Frankfurt vivió algunos de los enfrentamientos más cataclísmicos en la lucha de clases global del siglo 20, un periodo en el cual una verdadera guerra mundial intelectual estaba siendo peleada sobre el significado y el valor del comunismo.

Para evitar convertirnos en los tontos útiles de la historia, o caer en el provincialismo de la academia occidental, es por lo tanto importante re-contextualizar el trabajo del Instituto de Estudios Sociales en relación con la lucha de clases internacional. Una de las características más significativas en este contexto fue el intento desesperado, de parte de la clase capitalista dominante, sus administradores estatales e ideólogos, de redefinir la Izquierda—en las palabras de Thomas Braden, agente de la CIA y soldado de la Guerra Fría—como “compatible,” entendida como la izquierda no-comunista. Como Braden y otros involucrados han explicado en detalle, una faceta importante de esta lucha consistió en el uso de dineros de fundaciones y organizaciones-frente vinculadas a la Agencia como el Congreso para la Libertad Cultural (CCF) para promover el anticomunismo y atraer a izquierdistas a tomar posturas en contra de los socialismos existentes en el mundo.

Horkheimer participó por lo menos en uno de los eventos organizados por el CCF en Hamburgo. Adorno publicó en un diario financiado por la CIA, Der Monat, la revista más grande de su tipo en Europa y un modelo para muchas otras publicaciones de la Agencia. Sus artículos aparecieron también en otras dos revistas de la CIA: Encounter y Tempo presente. El también invitó a su casa, tuvo correspondencia y colaboró con el operador de la CIA que se podría considerar la figura principal en el movimiento alemán anticomunista Kulturkampf: Melvin Lasky. Fundador y editor en jefe de Der Monat, así como también miembro del comité original de dirección del CCF de la CIA, Lasky le dijo a Adorno que él estaba abierto a cualquier forma de colaboración con el Instituto de Investigación Social, incluyendo a la publicación de sus artículos y cualquiera otra declaración lo antes posible en sus páginas. Adorno aceptó su oferta y le mandó cuatro manuscritos que no habían sido publicados, incluyendo Eclipse of Reason (Eclipse de la razón) de Horkheimer, en 1949.

El colaborador de toda la vida de Horkheimer estaba de esa manera conectado a las redes del CCF en Alemania Occidental, y su nombre aparece en un documento, probablemente de 1958/59, que delinea planes para un comité exclusivamente alemán del CCF. Más aún, incluso después de que fue revelado en 1966 que esta organización de propaganda internacional era un frente de la CIA, Adorno continuó siendo “incluido en los planes de expansión del cuartel general [del CCF] en Paris,” lo cual era “lo usual en materia de negocios” de parte de Alemania bajo la vigilancia de Estados Unidos. Esta es apenas la punta del iceberg, como veremos, pero de ninguna manera sorprendente ya que Adorno y Horkheimer se elevaron y adquirieron prestigio a nivel global dentro de las redes privilegiadas de la izquierda anticomunista.

Un análisis dialéctico de la producción teórica

El análisis a continuación está basado en una explicación dialéctica de la totalidad social que sitúa las prácticas teóricas subjetivas de estos dos padres fundadores de la teoría crítica dentro del mundo objetivo de la lucha de clases internacional. Este análisis no acepta la línea de división arbitraria que muchos académicos pequeñoburgueses desesperadamente intentan erigir entre la producción intelectual y el amplio mundo socioeconómico, como si los “pensamientos” de alguien pudieran- y debieran-ser separados de sus “vidas,” o del sistema material de producción, circulación y recepción teórica, al que me referiré aquí como el aparato intelectual. Este tipo de suposición no-dialéctica, después de todo, no es mucho más que el síntoma de una aproximación idealista al trabajo teórico que presume la existencia de un reino espiritual y conceptual que funciona completamente independiente de la realidad material y de la política económica del conocimiento.

Esta presuposición perpetúa el fetichismo intelectual de las mercancías, entendido como la idolatría de los productos sagrados de la industria teórica que nos impide situarlos dentro del más amplio espacio de las relaciones sociales de producción y lucha de clases. También sirve los intereses de aquellos que tienen o aspiran a ser parte de alguna franquicia particular dentro de la industria teórica global, sea esta la “teoría critica de la Escuela de Frankfurt” o cualquier otra, porque protege la imagen de la franquicia misma (la cual se mantiene inmaculada de las existentes relaciones sociales de producción). Si bien el fetichismo intelectual de las mercancías es una característica principal del consumo dentro de la industria teórica, el manejo de la imagen de marca es el sello de la producción.

Para este tipo de análisis dialéctico, es importante reconocer que Adorno y Horkheimer en efecto sí movilizaron su actividad subjetiva en la formulación de críticas significativas del capitalismo, la sociedad de consumo y la industria de la cultura. Lejos de negar esto, yo simplemente quisiera situar estas críticas dentro del mundo social objetivo, lo cual requiere hacer una pregunta muy simple y práctica que raramente es escuchada dentro de los círculos académicos: ¿si reconocemos que el capitalismo tiene efectos negativos, que debemos hacer al respecto? Mientras más profundamente nos adentramos en sus vidas y su trabajo, filtrando el deliberado oscurantismo de su discurso, sus respuestas se vuelven más obvias, y se hace más fácil entender la función social primaria de su proyecto intelectual colectivo. Por más críticos que sean a veces del capitalismo, ellos regularmente afirman que no existen alternativas, y nada puede o en última instancia debe ser hecho al respecto. Más aun, como veremos, su crítica del capitalismo palidece en comparación a su categórica condena del socialismo. Su marca de teoría critica lleva en última instancia a una aceptación del orden capitalista ya que a su juicio el socialismo es mucho peor. Similar a la mayoría de los discursos académicos de moda en la academia capitalista, ellos proponen una teoría crítica que podríamos llamar Teoría ABS (Anything But Socialism): Cualquier Cosa Menos Socialismo.

Con respecto a esto, no es en lo más mínimo sorprendente que Adorno y Horkheimer hayan sido apoyados y promovidos tan extensamente dentro del mundo capitalista. Para apuntalar a la Izquierda no-comunista compatible por sobre y en contra del peligro de los socialismos realmente existentes, ¿qué mejor táctica que alabar académicos de este tipo como si fuesen los más importantes, o incluso los más radicales pensadores Marxistas del siglo 20? “El marxismo,” de esta manera, puede ser redefinido como una especie de teoría critica anticomunista que no está directamente conectada a la lucha de clases desde abajo sino más bien a un tipo de teoría que libremente critica todas las formas de “dominación,” y que en última instancia se pone del lado del control capitalista de las sociedades por sobre y en contra de los supuestos horrores “fascistas” de poderosos estados socialistas.

A raíz del hecho de que esta forma ignorante de anticomunismo ha sido promovida ampliamente dentro de la cultura capitalista, este intento de redefinición del marxismo tal vez no sea inmediatamente reconocible para algunos lectores como reaccionaria y socialmente chauvinista (en el sentido de que en última instancia eleva la sociedad burguesa por sobre cualquier alternativa). Desafortunadamente, grandes segmentos de la población en el mundo capitalista han sido indoctrinados por esta forma de respuesta mecánica basada en calumnias desinformadas, en vez de un análisis riguroso, cuando se trata de los socialismos realmente existentes. Ya que la historia material de estos proyectos-en vez de las historias de horror mitológico construidas propagandísticamente alrededor del cuco comunista- serán esenciales para entender el argumento que sigue, me he tomado la libertad de referir al lector al profundo y fructífero trabajo de historiadores como Annie Lacroix-Riz, Domenico Losurdo, Carlos Martinez, Michael Parenti, Albert Szymanski, Jacques Pauwels, y Walter Rodney, entre otros. También invito al lector a examinar las importantes comparaciones cuantitativas entre capitalismo y socialismo llevadas a cabo por exigentes analistas como Minqi Li, Vicente Navarro, y Tricontinental: (Institute for Social Research) Instituto de Estudios Sociales. Este tipo de trabajo es anátema a la ideología dominante, y con buena razón: examina científicamente la evidencia, en vez de basarse en caricaturas gastadas y reflejos ideológicos desinformados. Es el tipo de trabajo histórico y materialista, además, que ha sido en su mayoría oscurecido por las formas especulativas de teoría critica promovidas por la industria teórica global.

Los intelectuales en la era de la revolución y la lucha de clases global

A pesar de que sus vidas tempranas estuvieron marcadas por los eventos histórico-mundiales de la Revolución Rusa y el intento de revolución en Alemania, Adorno y Horkheimer eran estetas que desconfiaban del supuesto caos de la política de masas. Si bien su interés en el marxismo fue avivado por estos incidentes, era primariamente un interés de naturaleza intelectual. Horkheimer se involucró marginalmente en actividades relacionadas con el consejo de la república de Múnich después de la segunda guerra mundial, particularmente a través del apoyo a algunos participantes después de que el consejo fuera brutalmente reprimido. En todo caso, él-lo mismo es cierto a fortiori de Adorno- “continuó manteniendo su distancia de los explosivos eventos sociales de su tiempo y a dedicarse principalmente a sus preocupaciones personales.”

Su condición de clase está lejos de ser insignificante en este respecto ya que los posiciona, a ellos y a su visión política, dentro del más amplio mundo objetivo de las relaciones sociales de producción. Ambos teóricos de la Escuela de Frankfurt provenían de familias acomodadas. El padre de Adorno era un “rico mercader del vino” y el de Horkheimer era un “millonario” que “era propietario de varias fábricas textiles.” Adorno “no tenía ningún tipo de relación con la vida política socialista” y mantuvo toda su vida “una profunda aversión a la militancia formal de cualquier partido de la clase trabajadora.” Similarmente, Horkheimer no fue nunca “abiertamente miembro de ningún partido de la clase trabajadora.” Lo mismo es en general cierto de las otras figuras involucradas en los primeros años de la Escuela de Frankfurt: “ninguno de los que pertenecían al círculo de Horkheimer era políticamente activo; ninguno de ellos tuvo su origen en el movimiento obrero o en el marxismo.”

En las palabras de John Abromeit, Horkheimer buscaba preservar la supuesta independencia de la teoría y “rechazaba la posición de Lenin, Lukács, y los Bolcheviques que propone que la teoría critica debe estar ‘arraigada’” en la clase trabajadora, o más específicamente en los partidos de la clase trabajadora. El promovía a los teóricos críticos a operar como agentes libres intelectuales en vez de aterrizar su investigación en el proletariado, al cual veía como un tipo de trabajo al que denigraba como “propaganda totalitaria.” En su conjunto, la posición de Adorno, como la de Herbert Marcuse, fue resumida por Marie-Josée Levallée de la siguiente manera: “el partido Bolchevique, al cual Lenin transformó en la vanguardia de la Revolución de Octubre, era una institución represiva y centralizada que le daría forma a la Unión Soviética en su propia imagen transformando la dictadura del proletariado en su propia dictadura.”

Cuando Horkheimer tomó las riendas del directorio del Instituto de Estudios Sociales en 1930, su mandato estuvo caracterizado por preocupaciones especulativas sobre la cultura y la autoridad en vez de un análisis histórico materialista riguroso del capitalismo, la lucha de clases y el imperialismo. En las palabras de Gillian Rose, “en vez de politizar la academia,” el Instituto bajo Horkheimer “academizo la política.” Esto se vio quizás en ningún otro lugar más claramente que “en la política constante del Instituto bajo la dirección de Horkheimer,” la cual “continuó promoviendo la abstinencia, no solo de cualquier actividad que se considerara remotamente política, sino también de cualquier esfuerzo organizado o colectivo de hacer pública la situación en Alemania o de apoyar a los emigrantes.” Con la emergencia del Nazismo, Adorno intentó entrar en una etapa de hibernación, asumiendo que el régimen solo perseguiría a “los Bolcheviques ortodoxos pro-Soviéticos y a los comunistas que hubiesen llamado la atención hacia si mismos políticamente” (ciertamente serian ellos los primeros en ser encerrados en los campos de concentración).” El “evito hacer cualquier tipo de critica pública sobre los Nazis y sus políticas del ‘gran poder’.”

Teoría crítica al estilo estadounidense

Esta negación de participar abiertamente en formas de política progresista se intensificó cuando los lideres del Instituto viajaron a los Estados Unidos a principios de la década de 1930. La Escuela de Frankfurt se adaptó “al orden local burgués, censurando su propio trabajo, pasado y presente, para complacer las susceptibilidades académicas o corporativas locales.” Horkheimer expugnó palabras como marxismorevolución y comunismo de sus publicaciones para evita ofender a sus auspiciadores en EE.UU. Más aun, cualquier tipo de actividad política estaba estrictamente prohibida, como lo explicaría más tarde Herbert Marcuse. Horkheimer puso su energía en asegurar financiamiento estatal y corporativo para el Instituto, e incluso contrató a una agencia de relaciones públicas para promover su trabajo en los Estados Unidos. Otro emigrante de Alemania, Bertolt Brecht, no estaba completamente injustificado cuando describió críticamente a los académicos de Frankfurt como- en las palabras de Stuart Jeffries- “prostitutas en busca de apoyo de fundaciones durante su exilio estadounidense, vendiendo sus habilidades y opiniones como mercancías para apoyar la ideología dominante de la sociedad opresiva estadounidense.” Ellos eran efectivamente agentes intelectuales libres, sin restricciones de ninguna organización ligada a la clase trabajadora; libres en su búsqueda de patrocinios corporativos o estatales para su marca registrada de teoría critica al gusto del mercado.

El amigo cercano de Brecht, Walter Benjamin, fue uno de los pensadores marxistas más importantes de la Escuela de Frankfurt de esa era. Él no pudo unirse al resto de los académicos en los Estados Unidos porque se suicidó trágicamente en 1940 en la frontera entre Francia y España, la noche antes de tener que enfrentarse a lo que sería su casi asegurada captura por los nazis. De acuerdo con Adorno, él “se mató después de haber sido salvado” porque ya “había sido nombrado miembro permanente del Instituto y él lo sabía.” Él tenía “más que suficientes fondos” para su viaje, en las palabras del famoso filosofo, y sabía “que él podía contar completamente con nosotros con respecto a lo material.” Esta versión de la historia, que presenta el suicidio de Benjamin como una decisión incomprensible dadas las circunstancias, era un ejercicio en mendacidad con el objetivo de lograr la exoneración personal e institucional, de acuerdo con un análisis detallado recientemente publicado por Ulrich Fries. Las figuras principales de la Escuela de Frankfurt no solo no estaban dispuestas a asistir a Benjamin financieramente en su lucha contra los nazis, argumenta Fries, sino que también hipócritamente llevaron a cabo extensas campañas de encubrimiento para presentarse a si mismos como sus benefactores benevolentes.

Benjamin dependía financieramente de un estipendio mensual del Instituto. Sin embargo, los académicos de Frankfurt aborrecían la influencia de Brecht y el marxismo revolucionario en su trabajo. Adorno no tenía compunción en describir a Brecht con el epíteto anticomunista de “salvaje” cuando le explicaba a Horkheimer que Benjamin debía ser “definitivamente” liberado de su influencia. No es sorprendente, por lo tanto, que Benjamin tuviera temor de perder su mensualidad a raíz, en parte, de las críticas de Adorno a su trabajo y de su rechazo a la publicación de una sección de su estudio sobre Baudelaire en 1938. Horkheimer le dijo explícitamente a Benjamin alrededor de esa misma época, mientras las fuerzas fascistas cerraban su cerco alrededor de él, que debía prepararse para la descontinuación de la única fuente de ingresos que había tenido desde 1934. Mas aún, argüía, que sus manos estaban “desafortunadamente atadas” cuando había rehusado financiar el viaje de Benjamin hacia territorio seguro a través de la compra de un pasaje en un buque a vapor hacia los Estados Unidos que hubiera costado menos de $200. Esto ocurrió literalmente “un mes después de haber transferido $50,000 extra a una cuenta bajo su exclusiva disposición,” lo cual representaba la “segunda vez en ocho meses” que él había asegurado $50,000 adicionales (el equivalente a un poco más de 1 millón de dólares en 2022). En Julio de 1939, Friedrich Pollock también obtuvo $130,000 adicionales para el Instituto de parte de Felix Weil, el hijo acaudalado de un capitalista millonario cuyas ganancias provenientes de la especulación inmobiliaria, el mercado de la carne y una empresa de granos en Argentina financiaron la Escuela de Frankfurt.

Era voluntad política, no dinero, lo que faltaba. Efectivamente, Fries concuerda con Rolf Wiggerhaus en que la cruel decisión de Horkheimer de abandonar a Benjamin era parte de un patrón más amplio en el cual los directores “pusieron sistemáticamente la realización de los objetivos de sus vidas privadas por sobre los intereses de todos los demás,” al mismo tiempo que propagaban la falsa apariencia de tener un “compromiso intachable con aquellos que eran perseguidos por el régimen Nazi.” Como si estuvieran poniendo el último clavo en el ataúd de Benjamin, los elementos Marxistas más explícitos fueron removidos de su patrimonio literario. Según Helmut Heißenbüttel: “En todo lo que Adorno hizo por el trabajo de Benjamin, el lado Marxista-materialista continúa borrado. […] El trabajo aparece en una reinterpretación en la cual el controversial correspondiente que sobrevive impone su visión.”

Todd Cronan sostiene que hubo un cambio palpable en la totalidad de la orientación política de la Escuela de Frankfurt alrededor de 1940-el año en que Pollock escribió “Capitalismo de Estado”- a medida que fue dándole la espalda al análisis de clase en favor de privilegiar lo racial, la cultura y la identidad. “Frecuentemente me parece,” le escribió Adorno a Horkheimer ese año, “que todo lo que solíamos ver desde el punto de vista del proletariado ha sido concentrado hoy en día con fuerza tenebrosa sobre los Judíos.” De acuerdo con Cronan, Adorno y Horkheimer “abrieron la posibilidad desde adentro del marxismo de ver el problema de clase como un asunto de poder, de dominación, en vez de verlo como un problema económico (los Judíos no eran una categoría definida por la explotación económica). Y una vez que esa posibilidad emergió, se convirtió en el modo dominante de análisis de la izquierda en general. En otras palabras, los teóricos de Frankfurt ayudaron a preparar el escenario para un giro más universal que se aleja del análisis materialista histórico arraigado en la economía política hacia el culturalismo y las políticas identitarias, lo cual se consolidaría en la era neoliberal.

Es profundamente revelador en este sentido que el Instituto se haya embarcado en un estudio masivo del “Antisemitismo en los Sindicatos Estadunidenses” en 1944-45, bajo la tutela de Pollock. El fascismo había llegado al poder con extenso apoyo financiero de la clase capitalista gobernante, y continuaba en la senda de la guerra alrededor del mundo. Aun así, los académicos de Frankfurt fueron contratados para enfocarse en el supuesto antisemitismo de los trabajadores de EE.UU. en vez de concentrarse en los fundadores capitalistas del fascismo o en los Nazis existentes que estaban peleando una guerra en contra de los Soviéticos. Llegaron así a la extraordinaria conclusión de que “los sindicatos manejados por los comunistas eran los peores de todos, y que estos, en consecuencia, tenían tendencias “fascistas”: “Los miembros de estos sindicatos tienen una mentalidad más fascista que comunista.” El estudio en mención fue comisionado por el Comité Judío Laboral (JLC). Uno de los lideres del JLC, David Dubinsky, tenía varias conexiones con la Agencia Central de Inteligencia y estaba involucrado, con personajes como los operadores de la CIA Irving Brown y Jay Lovestone, en la campaña extensa de La Compañía para apropiarse de los sindicatos organizados y expulsar a los comunistas. Al identificar a los sindicatos comunistas como los más antisemitas, o incluso “fascistas,” la Escuela de Frankfurt aparentemente suministró parte de la justificación ideológica para destruir el movimiento obrero comunista.

Algunos podrían considerar la colaboración del Instituto de Estudios Sociales con las autoridades de EE.UU. y la autocensura justificable dadas las actitudes anticomunistas, y en ocasiones proto- fascistas, de la elite en el poder en Estados Unidos, sin mencionar los ‘decretos y leyes del enemigo externo’ (alien enemy act). Ciertamente, basado en una mirada detallada de la historia y de las actividades del Instituto en Enero 21 de 1944, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) movilizó numerosos soplones para espiar a los académicos por alrededor de diez años a raíz de la preocupación de que el Instituto pudiera estar funcionando como un frente comunista. Los informantes incluían asociados cercanos al Instituto como Karl Wittfogel, otros colegas profesionales e incluso vecinos. El FBI encontró poco y nada de evidencia de comportamiento sospechoso, en todo caso, y sus oficiales aparentemente se sintieron confiados cuando algunos de sus espías, que estaban cercanos personalmente a los académicos de Frankfurt, les explicaron que los teóricos críticos “creían que no había diferencia entre Hitler y Stalin en términos de propósito y táctica.” Ciertamente, como veremos mas adelante, ellos harían declaraciones similares en algunos de sus escritos, incluyendo al asentarse permanentemente en Alemania Occidental cuando ya no estaban bajo la amenaza directa de la vigilancia del FBI o de una potencial detención o deportación.

Difamar al Este, defender al Oeste (y recibir su dinero)

En 1949-50, los intelectuales al frente de la Escuela de Frankfurt trasladaron el Instituto de vuelta a Alemania Occidental, uno de los epicentros de la guerra mundial intelectual en contra del comunismo. “En este ambiente,” escribe Perry Anderson, “en el que el KPD [Partido Comunista de Alemania] debía ser proscrito y el SPD [Partido Social Demócrata de Alemania] abandonó formalmente cualquier conexión con el marxismo, la despolitización del Instituto fue completada.” Nada menos que Jürgen Habermas-que ocasionalmente se situaba a la izquierda de Adorno y Horkheimer en los primeros años-acusó a este último de “conformismo oportunista en contradicción con la tradición crítica.” Efectivamente, Horkheimer había continuado censurando el trabajo del Instituto, rehusándose a publicar dos artículos de Habermas que criticaban a la democracia liberal y hablaban de “revolución,” osando sugerir la posibilidad de una emancipación de “las cadenas de la sociedad burguesa.” En su correspondencia privada, Horkheimer le comentaba abiertamente a Adorno que “simplemente no es posible admitir artículos de este tipo en el reporte de investigaciones de un Instituto que existe gracias a los fondos públicos de esta sociedad encadenadora.” Esta es, al parecer, una confesión directa de que la base económica de la Escuela de Frankfurt era la fuerza dominante detrás de su ideología, o al menos de su discurso público.

Con respecto a esto, es importante recordar que cinco de los ocho miembros del círculo de Horkheimer habían trabajado como analistas y propagandistas para el gobierno de Estados Unidos y su estado de seguridad nacional, el cual “tenía un interés establecido en la continua lealtad de la Escuela de Frankfurt ya que varios de sus miembros estaban trabajando en proyectos de investigación sensibles del gobierno.” Si bien Horkheimer y Adorno no estaban entre ellos, ya que recibían más apoyo a través del Instituto, el último de los dos había emigrado originalmente a los Estados Unidos a trabajar para la Oficina de Investigaciones Radiales de Paul Lazarsfeld, uno de los “anexos de facto de los programas gubernamentales de guerra psicológica.” Este centro de estudios de comunicación recibió una dotación substancial de $67,000 de la Fundación Rockefeller y trabajó muy de cerca con el estado de seguridad nacional (el dinero del gobierno constituía más del 75 porciento de su presupuesto anual). La Fundación Rockefeller también financió el primer regreso de Horkheimer a Alemania en Abril de 1948, cuando él aceptó una catedra de invitado en la Universidad de Frankfurt.

Es importante recordar que los Rockefeller son una de las más grandes familias de gánsteres en la historia del capitalismo de EE. UU., y que ellos usan su fundación como un paraíso fiscal que les permite movilizar una porción de su riqueza malversada “en la corrupción de la actividad intelectual y cultural.” Es más, ellos estuvieron involucrados directamente en el estado de seguridad nacional durante el tiempo en el que patrocinaban a la Escuela de Frankfurt. Después de trabajar como director de la Oficina del Coordinador de Asuntos Inter-Americanos (una agencia de propaganda federal cuyo trabajo era similar al de la Oficina de Servicios Estratégicos y al de la CIA), Nelson Rockefeller se convirtió, en 1954, en el “super-coordinador’ de operaciones de inteligencia clandestina, con el título de Asistente Especial del Presidente para Estrategia de la Guerra Fría.” Él también permitió que el Fondo Rockefeller fuera usado como conducto para dineros de la CIA, de manera muy similar a lo que hacían un gran número de fundaciones capitalistas que tienen una historia extensa de trabajar mano a mano con La Compañía (como fue revelado por el Comité Church y otras fuentes).

Con todos estos vínculos a la clase dominante capitalista y al imperio de EE.UU., no es de ningún modo sorprendente que el gobierno de Estados Unidos haya apoyado el regreso del Instituto a Alemania Occidental en 1950 con una significativa contribución de 435,000 DM ($103,695, o el equivalente a $1,195,926 dólares en 2022). Estos fondos fueron administrados por John McCloy, el Alto Comisionado de EE.UU. en Alemania. McCloy era un miembro central de la elite de poder de EE.UU., que había trabajado como jurista y banquero para IG Farben y las grandes petroleras, y había otorgado amplios perdones y conmutaciones a criminales de guerra Nazis. Él continuó y se convirtió no solo en el presidente del Banco Chase Manhattan, del Consejo de Relaciones Exteriores, y la Fundación Ford, sino también- en una jugada profesional que muestra la relación íntima entre la clase dominante capitalista y el estado de seguridad nacional- en el Director de la CIA. Además de los fondos provistos por McCloy, el Instituto también recibió apoyo de donantes privados, la Sociedad de Investigaciones Sociales, y la ciudad de Frankfurt. En 1954, incluso firmó un contrato de investigación con la corporación Mannesmann, que “había sido miembro fundador de la Liga Anti-Bolchevique y que había financiado al Partido Nazi.” Durante la Segunda Guerra Mundial, Mannesmann utilizó mano de obra de esclavos, y el Presidente de la Junta era el Nazi Wilhem Zangen, Líder Económico de Guerra del Tercer Reich. El contrato de posguerra de la Escuela de Frankfurt con esta compañía era para un estudio sociológico sobre las opiniones de los trabajadores, con la implicación explicita de que dicho estudio ayudaría a los administradores a prevenir o demorar actividades de organización socialista.

Tal vez la explicación más clara de porque los gobiernos capitalistas y la corporatocracia estarían dispuestas a apoyar al Instituto de Estudios Sociales se encuentra en las palabras de Shepard Stone. Este último, tenemos que señalar, tenía un historial en periodismo e inteligencia militar antes de pasar a trabajar como Director de Asuntos Internacionales en la Fundación Ford, en donde interactuó muy de cerca con la CIA en el financiamiento de proyectos culturales alrededor del mundo (Stone incluso fue el Presidente de la Asociación Internacional por la Libertad Cultural, el nuevo nombre que le dieron al Congreso por la Libertad Cultural (CCF) en un esfuerzo de cambiar la marca después que sus orígenes ligados a la CIA fueran revelados). Cuando Stone era el director de asuntos públicos para la Alta Comisión de la Alemania Ocupada en los años 1940s, él mandó una nota personal al Departamento de Estado de Estados Unidos para exhortarlo a extender el pasaporte de Adorno: “El Instituto de Frankfurt está ayudando a entrenar lideres Alemanes que sabrán sobre técnicas democráticas. Creo que es importante en relación con nuestros objetivos democráticos generales en Alemania que hombres como el Profesor Adorno tengan una oportunidad de trabajar en ese país.” El Instituto estaba llevando a cabo el tipo de trabajo ideológico que el estado estadunidense y la clase capitalista dominante querían apoyar, y apoyaron.

Habiendo logrado, e incluso sobrepasado, los dictados ideológicos de conformidad de “la sociedad encadenadora” que financiaba al Instituto, Horkheimer expresó abiertamente su irrestricto apoyo por el gobierno anticomunista títere de Alemania Occidental, controlado por los Estados Unidos, cuyos servicios de inteligencia habían sido aprovisionados con antiguos Nazis, así como también por el proyecto imperial de EE.UU. en Vietnam (el cual él juzgaba necesario para detener a los Chinos). Hablando en uno de los Amerika-Häuser en Alemania, que eran centros de avanzada anticomunista del Kulturkampf, él declaró solemnemente en Mayo de 1967 que “en Estados Unidos, cuando es necesario llevar a cabo una guerra, -y escúchenme bien […] esto no es tanto un problema relacionado a la defensa de la patria, sino que es esencialmente un asunto de la defensa de la constitución, de la defensa de los derechos del hombre.” El gran sacerdote de la teoría crítica describe aquí un país que fue fundado como un asentamiento de colonos, cuya eliminación genocida de la población indígena se fusionó perfectamente con un proyecto de expansión imperialista que, podría ser argumentado, ha dejado la huella mas sangrienta- como planteó MLK Jr. en Abril de 1967- en la historia del mundo moderno (incluyendo 37 intervenciones militares y de la CIA entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1967, cuando Horkheimer publicó este anuncio ignominioso a través de una plataforma de propaganda de EE.UU.).

Aunque Adorno frecuentemente se complacía en practicar la política pequeñoburguesa de la pasividad, evitando pronunciamientos públicos sobre eventos políticos mayores, las pocas declaraciones que si hizo fueron extraordinariamente reaccionarias. Por ejemplo, en1956, él escribió junto a Horkheimer un artículo en defensa de la invasión imperialista de Egipto por Israel, Gran Bretaña y Francia, cuyo objetivo era apoderarse del canal de Suez y derrocar a Nasser (una acción condenada por las Naciones Unidas). Refiriéndose a Nasser, uno de los lideres anticoloniales prominentes del movimiento de los no-alineados, como “un jefecillo fascista […] que conspira con Moscú,” exclamando que: “Nadie se atreve a señalar que estos estados Árabes ladrones han estado buscando por años una oportunidad para atacar a Israel y para masacrar a los Judíos que han encontrado refugio ahí.” Según esta inversión pseudo-dialéctica, son los estados Árabes los que son “ladrones,” no los asentamientos de colonos trabajando junto a países del eje del imperialismo para infringir la auto-determinación de los Árabes. Convendría recordar el rechazo severo de Lenin a este tipo de sofistería, característica de mucho de lo que pasa por “dialéctica” en la industria global de la teoría: “A menudo la dialéctica ha servido […] como un puente hacia la sofistería. Pero nosotros permanecemos siendo dialécticos y combatimos la sofistería no al negar la posibilidad de todas las transformaciones en general, sino a través del análisis del fenómeno dado en su contexto y desarrollo concreto.” Este modo concreto de análisis materialista es precisamente lo que está ausente en las inversiones idealistas à la Adorno y Horkheimer.

Los lideres oficiales de la Escuela de Frankfurt publicaron uno de sus textos más abiertamente políticos ese miso año. En vez de apoyar el movimiento global por la liberación anticolonial y a favor de la construcción de un mundo socialista, ellos celebran-con tan solo un par de excepciones menores- la superioridad de Occidente, mientras desacreditan repetidamente a la Unión Soviética y China. Invocando descripciones racistas estándar de “los barbaros” en el Oeste, a quienes describen usando abiertamente el vocabulario de sub-humanización de “bestias” y “hordas,” los llaman sin tapujos “fascistas” que han elegido “la esclavitud.” Adorno incluso reprimenda a los Alemanes que erróneamente piensan que “los Rusos defienden el socialismo,” recordándoles que los Rusos son en efecto “fascistas,” agregando que los “industrialistas y banqueros” – con los cuales aquí él se identifica- ya saben esto.

“Todo lo que escriben los Rusos se convierte en ideología, en desnuda, estúpida payasada,” asevera Adorno desvergonzadamente en su texto, como si hubiese leído todo lo que escribieron, a pesar de que, como de costumbre, no cita ni una sola fuente (por lo que sé, tampoco leía Ruso). Afirmando que “hay un elemento de re-barbarización” en su pensamiento, que se encuentra según él también en Marx y Engels, descaradamente acierta que “está más reificado que en las formas más avanzadas de pensamiento burgués.” Como si esto no fuese suficiente falsa grandilocuencia, Adorno tiene la osadía de describir este proyecto de escritura conjunta con Horkheimer como un “manifiesto estrictamente Leninista.” Esta es una discusión en la cual afirman que “no están llamando a nadie a actuar,” y Adorno explícitamente eleva el pensamiento burgués y a lo que él se refiere como “la cultura en su estado mas avanzado” por sobre el supuesto barbarismo del pensamiento socialista. Más aún, es en este contexto que Horkheimer dobla su apuesta por el chovinismo social declarando, en una conclusión de carácter histórico-global que no fue refutada por su colaborador “Leninista”: “Creo que Europa y Estados Unidos son probablemente las mejores civilizaciones que ha producido la historia hasta ahora en cuanto a prosperidad y justicia. El punto central ahora es asegurar la preservación de estos logros.” Esto fue en 1956, cuando EE.UU. estaba todavía en su mayoría segregado, envuelto en cazas de bruja anticomunistas y campañas de desestabilización alrededor del mundo, y cuando había recientemente extendido su dominio imperial derrocando a gobiernos elegidos democráticamente en Iran (1953) y Guatemala (1954), mientras los poderes Europeos llevaban a cabo campañas violentas para aferrarse a sus colonias o convertirlas en neocolonias.

“El fascismo y el comunismo son lo mismo”

Uno de los reclamos políticos más consistentes presentados por Adorno y Horkheimer es el de la existencia de una equivalencia “totalitaria” entre fascismo y comunismo, que se manifiesta en proyectos de construcción estatal socialista, movimientos anticoloniales en el “Tercer Mundo,” o incluso en movilizaciones de la Nueva Izquierda (New Left) en el mundo occidental. En estos tres casos, aquellos que piensan que están escapando de la “sociedad encadenadora,” solo están contribuyendo a empeorar las cosas. El hecho comprobable de que los países capitalistas Occidentales no hayan ofrecido una resistencia significativa en contra del fascismo, el cual emergió desde adentro del mundo capitalista, y de que fuera precisamente la Unión Soviética la que en última instancia lo derroto, parece no haberles causado el deseo de reflexionar sobre la viabilidad de esta tesis simplista e ignorante (sin mencionar la importancia del socialismo para los movimientos anticoloniales y los levantamientos de los 1960s). De hecho, no obstante sus opiniones moralizantes sobre los horrores de Auschwitz, Adorno parece haber olvidado quien liberó en el mundo real el infame campo de concentración (el Ejército Rojo).

Horkheimer había formulado su versión de la teoría de la herradura con claridad particular en un panfleto de circulación limitada publicado en 1942, el cual rompió con el estilo de lenguaje de fábula de Esopo que caracterizaba muchas de las otras publicaciones del Instituto. Directamente acusando a Friedrich Engels de utopismo, él profesó que la socialización de los medios de producción había conducido a un incremento en la represión, y en última instancia a la formación de un estado autoritario. “La burguesía al principio mantenía al gobierno bajo control a través de su propiedad,” de acuerdo con este hijo de millonario, mientras en sociedades nuevas el socialismo simplemente “no funcionaba,” excepto para producir la errada creencia de que uno estaba – a través del partido, el líder honorable, o la supuesta marcha de la historia- “actuando en nombre de algo más grande que uno mismo.” La posición de Horkheimer en este artículo se alinea perfectamente con el anarco-anticomunismo, una ideología altamente diseminada dentro de la izquierda occidental: una “democracia sin clases” supuestamente va a emerger espontáneamente desde las personas a través de “acuerdos libres,” sin la supuesta influencia perniciosa de los partidos o los estados. Como Domenico Losurdo ha señalado perspicazmente, la máquina de guerra Nazi estaba devastando la Unión Soviética durante los primeros años de los 1940’s, y la llamada de Horkheimer a los socialistas a abandonar el estado y la centralización del partido, en consecuencia, era equivalente a nada menos que una demanda de capitulación frente al genocidio rampante de los Nazis.

Si bien hay vagas sugerencias al final del panfleto de Horkheimer de 1942 insinuando que podría haber algo deseable en el socialismo, textos posteriores ponen en pleno relieve su inequívoco rechazo de este. Por ejemplo, cuando Adorno y Horkheimer estaban considerando hacer una declaración pública sobre su relación con la Unión Soviética, Adorno le mandó el siguiente borrador de un artículo planeado de coautoría a Horkheimer: “Nuestra filosofía, como una crítica dialéctica de la tendencia social generalizada de la época, se constituye en la más aguda oposición a las políticas y doctrina que emanan de la Unión Soviética. Nosotros no somos capaces de ver en la práctica de las dictaduras militares disfrazadas como democracias del pueblo nada más que una nueva forma de represión.” Vale la pena señalar con respecto a esto, tomando en cuenta la abrumadora falta de análisis materialista de socialismos existentes en la práctica de parte de Adorno y Horkheimer, que incluso la CIA reconoció que la Unión Soviética no era una dictadura.
En un reporte fechado el 2 de Marzo de 1955, la Agencia claramente declara: “Incluso durante la era de Stalin había un liderazgo colectivo. La idea occidental de un dictador dentro de la infraestructura comunista es exagerada. Los malentendidos a este respecto son causados por una falta de entendimiento sobre la verdadera naturaleza y organización de la estructura de poder Comunista.”

En 1959, Adorno publicó un texto titulado “El Significado de Trabajar A Través del Pasado” en el cual recicló la “vergonzosa verdad” de “sabiduría filistea” referida en este primer borrador, a saber, que -en completa conformidad con la ideología dominante de la Guerra Fría en Occidente- el fascismo y el comunismo son lo mismo porque son dos formas de “totalitarismo.” Abiertamente descartando la ventaja del punto de vista de la “ideología político-económica,” que obviamente distingue estas dos facciones en conflicto, Adorno declaraba tener acceso privilegiado a una dinámica sociopsicológica más profunda que une a ambas. Como “personalidades autoritarias,” acertaba él ex catedra, los fascistas y los comunistas “poseen egos débiles” y compensan identificándose a sí mismos con “el poder realmente existente” y “los grandes colectivos.” La mera noción de una “personalidad autoritaria” es de esta manera un anzuelo engañoso orientado a sintetizar fuerzas opuestas a través de una pseudo-dialéctica psicologizada. Además, trae a la mano la pregunta de por qué la psicología, y ciertas formas particulares de pensamiento parecen tener, por lo menos aquí, un rol más central en términos de la explicación histórica que las fuerzas materiales y la lucha de clases.

A pesar de este intento de identificar fascistas y comunistas psicológicamente, Adorno va más allá y sugiere, en el mismo texto, que el asalto Nazi a la Unión Soviética podría ser retrospectivamente justificado dado el hecho de que los Bolcheviques eran- como el mismo Hitler había aseverado- una amenaza a la civilización occidental. “La amenaza del Este rodeando las colinas de Europa occidental es obvia,” acertaba Adorno, “y quien sea que flaquee en resistirla es literalmente culpable de repetir el apaciguamiento (appeasement) de Chamberlain.” La analogía es reveladora porque, en este caso, no pelear contra ellos significaría apaciguar a los comunistas “fascistas.” En otras palabras, a pesar de la retorcida obscuridad de su fraseología, este parece ser un toque de diana que invita a oponer militarmente el avance del comunismo (lo cual coincide perfectamente con el apoyo de Horkheimer a la guerra imperialista de los Estados Unidos en Vietnam).

El feroz rechazo de Adorno hacia los socialismos existentes en el mundo real está a plena vista en su intercambio con Alfred Sohn-Rethel. Este último le pregunto si La Dialéctica Negativa tenía algo que decir sobre cambiar el mundo, y si la Revolución Cultural China era parte de la ‘tradición afirmativa que él condenaba. Adorno respondió que él condenaba la “presión moral” del “marxismo oficial” de poner la filosofía en práctica. “Nada sino la desesperanza puede salvarnos,” proclamaba él con su marca registrada de melancolía pequeñoburguesa. Agregando, para enfatizar el punto, que los eventos en la China comunista no eran motivo de esperanza, explicó con memorable insistencia que su vida entera como pensador había estado dedicada a rechazar esta forma-y presumiblemente otras- de socialismo: “Tendría que negar todo lo que he pensado mi vida entera si admitiera sentir nada sino horror frente a su presencia.” La indulgencia abierta de Adorno en la desesperanza y su simultaneo desprecio por los socialismos existentes en el mundo real no son simplemente reacciones idiosincráticas y personales sino afectaciones que emergen desde una posición de clase. “Los representantes del movimiento obrero moderno,” escribió Lenin en 1910, “se dan cuenta que tienen mucho en contra de lo cual luchar, pero nada por lo cual sentir desesperanza.” En una descripción que anticipaba el pesimismo pequeñoburgués de Adorno, el líder de la primera revolución socialista exitosa del mundo procedía a explicar que “la desesperanza es típica de aquellos que no entienden las causas del mal, no ven salida, y son incapaces de luchar.”

Adorno también seguía esta línea de pensamiento, o más bien sentimiento, en sus críticas del activismo estudiantil anticapitalista y antimperialista en contra de la guerra de los 1960s. Estuvo de acuerdo con Habermas- quien había sido miembro de la Juventud Hitleriana y estudió por cuatro años bajo el “filosofo Nazi” (su propia descripción de Heidegger)- en la idea de que este tipo de activismo era una forma de “fascismo de Izquierda.” Él defendió Alemania Occidental llamándola una democracia en funcionamiento en vez de un estado “fascista,” como argumentaban algunos de los estudiantes. Al mismo tiempo, se peleó con Marcuse sobre lo que él consideraba el apoyo equivocado de este último hacia los estudiantes y el movimiento contra la guerra, explícitamente argumentando que la respuesta a la pregunta ‘¿Qué se debe hacer?’, para un buen practicante de la dialéctica, es nada en absoluto: “el objetivo de una praxis real debiera ser su propia abolición.” De esa manera él invirtió, a través de la sofistería dialéctica, uno de los fundamentos centrales del marxismo, a saber, la primacía de la práctica. Es en este contexto de poner a Marx patas arriba que él repitió, una vez más, el mantra ideológico del mundo capitalista: “el fascismo y el comunismo son lo mismo.” A pesar de que hacía alusión a este eslogan como “una perogrullada pequeñoburguesa,” aparentemente reconociendo su estatus ideológico, él lo acogió sin vergüenza.

El idealismo es la marca registrada de las reflexiones de Adorno y Horkheimer sobre los socialismos existentes en el mundo real y, más generalizadamente, sobre los movimientos sociales progresistas. En vez de estudiar los proyectos que ellos denigran con el mismo nivel de rigor y seriedad con el cual a veces abordan otros temas, ellos se refugian en representaciones caricaturescas y calumnias anticomunistas ausentes de un análisis concreto (aunque ocasionalmente hacen referencia a publicaciones anticomunistas, como las del rabioso soldado de la guerra fría Arthur Koestler, que fueron generosamente financiadas y apoyadas por estados imperialistas y sus servicios de inteligencia). Esto es en particular cierto en el caso de su demonización de proyectos de construcción de estados socialistas. Sus escritos sobre el tema no están solo notablemente vacíos de referencias a cualquier estudio académico sobre la materia, sino que operan como si ese tipo de investigación seria no fuese siquiera necesaria. Estos textos llevan a cabo una genuflexión frente a la ideología dominante, tercamente insistiendo en los bona fides anti-Stalinistas de sus autores, sin preocuparse por ninguno de los detalles, matices o complejidades.

Uno no puede sino preguntarse, entonces, si los estudiantes no tenían razón cuando, a finales de los 1960s, circulaban panfletos aseverando que estos académicos de Frankfurt eran “idiotas de izquierda del estado autoritario” que eran “críticos en teoría, conformistas en la práctica.” Hans-Jürgen Krahl, uno de los estudiantes de doctorado de Teodoro Adorno, llegó incluso a afrentar públicamente a su mentor y al resto de los profesores de Frankfurt como “Scheißkritische Theoretiker  [críticos teóricos de mierda].” Él le dio voz a esta crítica lapidaria de estos leales defensores de la Teoría ABS [Cualquier Cosa Menos Socialismo] mientras estaba siendo arrestado, a pedido de Adorno, por una ocupación de la universidad relacionada con su participación en la Liga Alemana de Estudiantes Socialistas. El hecho de que el autor de La Dialéctica Negativa llamara a la policía para arrestar a sus propios estudiantes es un punto de referencia estándar para sus detractores políticos. Como hemos visto, en todo caso, esto es tan solo la punta del iceberg. No solo no es una anomalía aberrante, sino que es consistente con sus políticas, su función social dentro del aparato intelectual, su estatus de clase, y su orientación generalizada dentro de la lucha de clases global.

El tuis del “marxismo” occidental

Brecht propuso el neologismo “Tuis” para referirse a los intelectuales (Intellektuellen) que, como sujetos de una cultura mercantilizada, entienden todo al revés (por esa razón Tellekt-uellen-in). Él había compartido sus ideas para una Novela-Tui con Benjamin en los 1930s, y más adelante escribió una obra de teatro que emergió de sus notas originales, titulada Turandot o El Congreso de los Blanqueadores. Después de haber regresado a la Republica Democrática Alemana luego de la Segunda Guerra Mundial para contribuir con el proyecto de construcción del estado socialista, al contrario de los académicos de Frankfurt que se asentaron en Alemania Occidental con financiamiento de la clase capitalista dominante, Turandot fue escrita en parte como una critica satírica de estos “marxistas” occidentales.

En la obra, los Tuis son presentados como blanqueadores profesionales que reciben un generoso salario por hacer que las cosas aparezcan ser lo contrario de lo que en verdad son. “El país entero está gobernado por la injusticia,” dice Sen en Turandot, antes de proveer un resumen conciso de la Teoría ABS: “y en la Academia Tui todo lo que uno aprende es porque tiene que ser de esta manera.” El entrenamiento Tui, como el trabajo del Instituto de Estudios Sociales, nos enseña que no hay alternativa al orden dominante, y de esta manera cierra la posibilidad de un cambio sistémico. En una de las escenas más impactantes, se muestra a los Tuis preparándose para el congreso de los blanqueadores. Nu Shan, uno de los maestros de la Academia, opera un sistema de poleas que puede bajar o subir una canasta con pan frente a la cara del presentador. En el proceso de entrenar a un joven llamado Shi Me para convertirse en un Tui, le dice que hable sobre el tema “Porque la posición de Kai Ho es falsa” (Kai Ho es un revolucionario que se asemeja a Mao Zedong). Nu Shan explica que él levantará la canasta con pan sobre su cabeza si Shi Me dice algo incorrecto y que la bajará frente a su cara si lo que dice es correcto. Después de mucho subir y bajar la canasta en relación con la habilidad de Shi Me de conformarse con la ideología dominante, sus argumentos van in crescendo hasta el punto de convertirse en un chillido difamatorio anticomunista ausente de cualquier argumentación racional: “Kai Ho no es ningún filosofo, sino un simple palabrero- la canasta baja- un insubordinado, un avaro por el poder bueno-para-nada, un apostador irresponsable, un calumniador, un violador, un ateo, un bandido y un criminal. La canasta flota ahora justo en frente de la boca del presentador. ¡Un tirano!” Esta escena presenta, en un microcosmos, la relación entre los intelectuales profesionales y sus auspiciadores financieros dentro de las sociedades de clase: los primeros ganan su pan como agentes libres académicos abasteciendo la mejor ideología posible para estos últimos. Pensamientos para alimentar la mente.

Lo que la Escuela de Frankfurt podía ofrecerles a los abastecedores del pan de “la sociedad encadenadora” no es de ninguna manera insignificante. Movilizando la sofistería pseudo-dialéctica, ellos defendieron en lenguaje académico pretensioso la idea del Departamento de Estado de que el comunismo es indistinguible del fascismo, a pesar de que 27 millones de Soviéticos habían dado sus vidas para derrotar la máquina bélica Nazi en la Segunda Guerra Mundial (por mencionar tan solo una de las formas más evidentes de oposición entre comunismo y fascismo, aunque por supuesto existen muchas otras dado el hecho de que son enemigos mortales). Mas allá aun, al desplazar la lucha de clases en favor de una teoría critica idealista amputada de cualquier participación política práctica, ellos alejaron los fundamentos mismos del análisis trasladándolos del materialismo dialéctico hacia una teoría generalizada de la dominación, el poder, y el pensamiento identitario.

De esta manera, en última instancia, Adorno y Horkheimer jugaron el rol de recuperadores radicales. Cultivando una apariencia de radicalidad, recuperaron la actividad misma de la crítica utilizando una ideología pro-Occidental, anticomunista. Como otros miembros de la intelligentsia pequeñoburguesa en Europa y Estados Unidos, que formaron la base del marxismo occidental, expresaron públicamente su repudio chauvinista-social con lo que ellos describían como los barbaros salvajes del Este, que osaron tomar en sus manos el arma de la teoría Marxista à la Lenin y utilizarla para actuar bajo el principio de autodeterminación de los pueblos. Desde la comodidad relativa de su ciudadela académica en Occidente financiada por el capitalismo, defendieron la superioridad del mundo Euro-Estadunidense al cual promovían contrastándolo con lo que ellos designaban como el proyecto aplanador de los barbaros bolchevizados en la periferia incivilizada.

Más aún, su teoría generalizada de la dominación es parte de una adopción más amplia de la ideología antipartido y anti-Estado, que en última instancia deja a la Izquierda huérfana de las herramientas de organización disciplinada que es necesaria para llevar a cabo luchas exitosas en contra del ampliamente financiado aparato político, militar y cultural de la clase capitalista dominante. Esto coincide perfectamente con su política generalizada de la derrota, la cual Adorno adopto explícitamente a través de su defensa antimarxista de la inacción como la forma más elevada de la praxis. Los lideres de la Academia Tui en Frankfurt, generosamente financiados y apoyados por la clase capitalista dominante y los estados imperialistas, incluyendo el estado de seguridad nacional de EE.UU., fueron de esta manera los promotores de las políticas anticomunistas de acomodación al capitalismo. Retorciendo sus manos ante las miserias de la sociedad de consumo, a la cual en ocasiones describieron con impresionante detalle, no obstante, se rehusaron a hacer cualquier cosa practica sobre ella debido a su entendimiento primordial de que la cura socialista a estas desgracias es peor que la enfermedad misma.

Traducido del inglés por Emiliano Silva Izquierdo.

MC

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