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La Infancia De La Humanidad Revisitada

Iñaki Urdanibia

Fuente: Kaos en la Red

«En este libro no solo presentaremos una nueva historia de la humanidad, sino que invitaremos al lector a que se adentre en una nueva ciencia de la historia, una que devuelve a nuestros ancestros toda su humanidad»

Hay narraciones sobre los orígenes de los humanos, como acerca de muchas otras cuestiones, que con el paso del tiempo se van imponiendo como si fueran la verdad pura amén. Contra las ideas recibidas se alzó con fuerza Gustave Flaubert para denunciar las estupideces y falsedades de su tiempo, en el caso que traigo a este artículo, la denuncia- iba a decir la deconstrucción- se centra en la historia de la humanidad, poniendo patas arriba muchas de las cuestiones esenciales que son consideradas como las verdaderas, como la moneda al uso que ha de seguir siendo usada. El libro del que hablo es una obra potente que desde luego no ha de pasar inadvertida para nadie que se preocupe sobre nuestros orígenes y acerca de las diversas teorías dominantes que al respecto imperan; estoy hablando de «El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad», editado por Ariel, y cuyo autores son el antropólogo, sociólogo y comprometido activista, David Graeber (Nueva York, 1961- Venecia, 2020) y el profesor de arqueología, David Wengrow (1972). Desde el inicio ambos declaran no estar de acuerdo con las versiones que se han dado, y que han dominado, entre otras cosas debido a que son falsas, conllevando ciertas implicaciones políticas, de modo y manera que se proponen contar otra historia más esperanzadora e interesante, para llevar a cabo tal empresa es necesario dar un cambio de paradigma, «remontándose hasta algunos de los pasos iniciales que llevaron a nuestra moderna idea de evolución social; la de que las sociedades humanas podía disponerse según etapas de desarrollo, cada una con sus tecnologías y formas de organización características (cazadores-recolectores, sociedad industrial urbana, etcétera)», cuentan para ello con la crítica indígena, habitualmente ignorada y despreciada, permaneciendo fuera del canon. Resulta así, la obra una vía que trata de desmontar las teorías evolutivas de la historia; «aprovechando la guía de críticos indígenas como Kondiaronk, tendremos que enfocar las pruebas del pasado de la humanidad con una nueva mirada». Lo que supone un abierto desmarque con respecto a las teorías que no hacen sino atenerse y repetir, las ideas e algunos ilustrados occidentales y de los economistas liberales, imbuidos todos ellos del correspondiente etnocentrismo y de su visión teleológica de la evolución histórica en cuya cúspide estaría, cómo no, la civilizada civilización occidental.

En los intentos de explicación de los orígenes dos han sido las teorías más exitosas: la de Hobbes (representada en la actualidad por Steve Pinker; con respecto a este último, leo: «Cada vez que los no especialistas se meten con lahistoria humana, terminan reproduciendo los viejos mitos con los que crecimos. Tomemos el caso de Pinker: con toda su charlatanería sobre el progreso científico, sus libros podrían haber sido escritos perfectamente en tiempos de Hobbes, es decir, en el siglo diecisiete, cuando carecíamos de toda la evidencia disponible hoy»), que partía de mostrar a nuestros antepasados, agrupados en pequeños grupos poco menos que parentales, en una lucha permanente de unos contra otros, situación que calificaba recurriendo al horaciano: homo, lupi lupus; frente a ella, la visión de Rousseau pintaba a nuestros ancestros como seres ingenuos, inocentes, representados por le bon sauvage. Tanto una como la otra vía exigían una salida que pusiese fin al estado primitivo de ahí el imaginado contrato social. En el caso del ginebrino la cusa de la perversión del individuo vino de la imposición de los cánones sociales, forzados por la agricultura(cuestión en la que en parte coinciden los autores del libro al que me acerco, ya que la agricultura venia a suponer la posibilidad de acumulación, de desigualdades y de mayor dominio social; otra cosa es la visión que se suele dar sobre l denominada revolución agrícola, y la increíble duración de su implantación). En este ensayo se muestra que tales teorías respondían a unas condiciones bien concretas del siglo XVIII como reacción conservadora ante las críticas que se lanzaban por parte de las mentadas posiciones indígenas; estas afirmaciones que exigían el sacrificio de la libertad y la domesticación de nuestros instintos no se sostienen en ninguna prueba antropológica ni arqueológica. Por esta vía, Graeber y Wengrow, mantienen que frente a los retratos presentados, las comunidades de la prehistoria eran más cambiantes de lo que habitualmente se afirma, lo que de hecho, la fijeza e inamovilidad, explicarían los posteriores desarrollo de las ciudades, el origen del Estado, la desigualdad y de la democracia. Esta nueva visión de la humanidad muestra su espíritu valiente y osado al enfrentarse con las explicaciones hoy en boga de los Jared Diamond, Francis Fukuyama y Yuval Noah Harari, con los cuales ajustan cuentas que, de una u otra forma, sostienen que cuanto mayor es la complejidad y civilización de las sociedades, estas son menos igualitarias y libres; si bien, según señalan, para atacar a un enemigo hace falta que este sea consistentes, caso que en los nombrados no se da ya que sus explicaciones carecen de fundamento.

Así los autores van desmontando las piezas del puzzle supuestamente acabado que se nos ha presentado como la explicación definitiva, basándose estas en arbitrarias suposiciones sobre la vida en la Prehistoria, los años que transcurren antes de que apareciesen las primeras muestras de escritura, de la que hay restos escasos y dispersos. Sobre estos mimbres endebles se han forjado los cestos en los que se explica todo de manera categórica sobre los orígenes; no hace falta frecuentar mucho las librerías para haber oído los nombres de algunos autores (algunos nombrados más arriba) y sus exitosas obras, convertidas en bestsellers.; ofreciendo versiones que se balancean entre Hobbes (Pinker) o Rousseau (Fukuyama). Visiones que pertenecen más al campo del mito que al de la explicaciones racionales, sostenidas en pruebas arqueológicas, etc., y que en gran parte conservan fuertes contenidos ideológicos con respecto a nuestro hoy.

El amanecer de todo, es una obra de combate contras las falacias, las medias verdades y las mentiras, no contra nadie en particular, sino frente a los mensajes gratuitos defendidos, ellos aportan pruebas y cantidad de ejemplos de diferentes sociedades, tribus, etc., de lo largo y ancho del mundo. En este orden de cosas, la arqueología reclama sus derechos a la hora de ofrecer fundamentos a las afirmaciones, campo ignorado por muchos de los supuestos especialistas nombrados. La estrategia utilizada por los autores es la de desmarcarse del marco trazado por los anteriores investigadores, recurriendo a los datos y conocimientos que hoy se poseen en especial con los fructíferos últimos años de descubrimientos arqueológicos, para lo que les resulta esencial plantear otras preguntas, lo que conlleva una nueva mirada que podría encasillarse en aquello que proponía Michel Foucault: penser autrement, lo que se traduce en el rechazo de algunos términos consagrados por el uso y el abuso, la adopción de nuevas concepciones (como, por ejemplo, la referida a las formas de dominación que los autores descomponen en tres elementos: control de la violencia, control del conocimiento y poder carismático…siendo los tres aplicados en nuestra sociedades neoliberales, mientras que en sociedades más antiguas solamente funcionaba alguno de los elementos, lo que daba más cabida a la libertad); en lo que hace a la necesidad de dar la vuelta a los interrogantes habituales no me resisto a citarles:«El verdadero misterio no es cuándo aparecieron los jefes por primera vez, sino cuándo dejó de ser posible reírse de ellos sin tener que responder ante la ley».

. En este orden de cosas, Graeber y Wengrow otorgan esencial importancia al mecanismo que supone que el uno se erige en tensión con el otro, lo que queda ejemplificado en el caso del encuentro(?) de quienes bajo las luces de la Ilustración hallaban a los nativos americanos, y para verter tales afirmaciones los autores echan mano de no pocos testimonios de gente que viajó por aquellas tierras, misioneros, intelectuales, etc., que en su empeño por conocerles, y en convertirlos a la religión verdadera y a la mejor forma civilizada de vida, aprendían en primer lugar sus lenguas y en sus intercambios se encontraban con seres que sin haber tenido acceso a libro alguno daban muestra de sofisticadas formas de argumentar, destacando el papel que la retórica (la manare de expresarse) jugara un papel primordial a la hora de elegir jefes más allá de criterios ligados a los linajes, a la herencia o a características para relacionarse con el más allá y sus dioses; destacaba también en este terreno la falta de coercitividad en el ejercicio de ejercer la autoridad…los autores de dichos testimonios no idealizaron a aquellos seres y sus costumbres, mas no cerraron los ojos ante ellos sino que al contrario los abrieron de par en par como en su medida hicieron los antropólogos Pierre Clastres, Marshall Sahlins o Claude Lévi-Strauss, etc. Queda constancia que cuando se habla, desde el complaciente Occidente, de salvajes, la respuesta no se ha de hacer esperar: los salvajes sois vosotros, como ya sugiriese el bueno de Montaigne. No les dolieron prendas a algunos de los ilustrados a la hora de señalar cómo no pocas de sus ideas fueron tomadas de lo que allá vieron, del mismo modo que no se cortaba Leibniz al invitar a copiar los modos de organización política de China.

Las indagaciones antropológicas, de manera muy concreta la del primero de los nombrados, el autor de La sociedad contra el Estado, aun adoptando claros tonos libertarios, no rechazan de manera total la existencia en el seno de aquellas comunidades de ciertas jerarquías, lo que no quita para que Wengrow suministre ejemplos de algunos restos ucranianos o de algunas metrópolis mesopotámicas en las que no se ven ni rastro de templos, palacios, lo que da cuenta de que las jerarquías si no inexistentes sí que daban más en pensar en relaciones, más o menos, igualitarias. Por esa misma senda ponen el acento en la inexistencia del tan cacareado estado natural, a modo de paraíso perdido, que habría de tratarse de recuperar contando, eso sí, con los conocimientos y adelantos actuales. Nadie podría hallar en el libro ni un solo signo de desprecio a la civilización o a ciertos avances relacionados con la salud y otros, lo que no quita para que se enfrenten a las falsas verdades de que en los lugares más desarrollados se den las mejores condiciones de atención, de ayuda, de interés por los otros, etc., aportando contraejemplos que muestran que estos comportamientos florecen con más fuerza en zonas menos civilizadas que en las desarrolladas. Lo dicho no quita para que no sea de recibo tratar de buscar modelos de comunidades antiguas para su puesta en marcha en nuestro hoy. Puede sorprender, no obstante, que tras las figuras extendidas de nuestros antepasados, en algunas comunidades denominadas no civilizadas (de hecho en Occidente así se considera a todas las que no respondan a su modelo), como unos auténticos garrulos o unos salvajes redomados que sus formas de existencia, los autores no se privan a la hora de ofrecer ejemplos, fueran dignas de las más utópicas utopías: así, la escasez de horas de trabajo para dedicarse a actividades artísticas, horas dedicadas a compartir con los demás y a cultivarse, las labores de vigilancia y policía ejercidas por turnos entre todos, lo que supone evitar los privilegios debido al cargo inamovible, el mismo sistema impuesto en los puestos de la administración ocupados por personas con minusvalías, enfermedades o accidentes, guerras organizadas sin el uso de armas y con un tiempo limitado en su duración, dispositivos para ocupar cargos políticos con controles sobre los sujetos que se propongan para ello, con exámenes, ocupación por turnos, etc., etc., etc., De todos estos mecanismos ofrecen sobrados ejemplos los autores de la obra; no puede considerarse todo esto como meras excepciones si en cuenta se tienen las afirmaciones de algunos antropólogos como Pierre Clastres, o algunos otros, al señalar que prácticamente el noventa y cinco por ciento de nuestra historia se habría desarrollado en sociedades de iguales. Si esto ha sucedido, los autores confían en que podría volver a suceder…Fe es creer en lo que no vemos, de la esperanza y la caridad, otro día.

Muchas respuestas, muchos ejemplos, y muchas hipótesis sensatas, y contrastadas, que hacen que se aclaren muchos de los interrogantes que rondan nuestra mentes. Abundantes ilustraciones sobre los principios básicos de la agricultura, previos a su realización práctica, los rituales y juegos (el caso de la democracia griega que los autores traen a colación es delicioso en su clara matización y diferenciación con respecto a lo que se pinta, en paralelo a la comprensión de la democracia traducida a la emisión de votos, lo que hace que en tal sentido los griegos eran netamente anti-democráticos) que se practicaban en diferentes terrenos a la hora de optar por jefes, modos de actuar, etc. Una mirada hacia atrás, y un recorrido por la agricultura, las ciudades, las guerras, la importancia e influencia de la ecología, el Estado, etc., etc., etc., con nombres propios, y casos que responden a exhaustivos trabajos de campo.

Un libro necesario que ofrece una impresionante cantidad de informaciones, como queda dicho, y cuya pretensión era que fuese acompañado de un par de entregas posteriores, lo que no parece que sea posible si en cuenta se tiene que cuando ya ultimaban el presente tomo para su entrega a la imprenta, uno de sus autores, Graeber falleciese de manera inesperada.

No me atrevería, tal vez, a tanto pero si el cambio de la mirada de Copérnico provocó el giro que se conoció con su nombre, los enfoques de Marx y Darwin provocaron otros giros o descoloques en el saber de su tiempo, o Freud (malgré Michel Onfray) en el suyo; la pretensión de David Graeber y David Wengrow supone otro giro en el terreno de la interpretación histórico-antropológica-arqueológica, el tiempo dirá…aunque los intereses, ajenos a la ciencia y al saber, también jugarán un papel esencial en lo que hace a su adopción o no.

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Otras referencias a David Graeber:

¿Democracia ha dicho? •

Una utopía pirata: Libertalia •

MC

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