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Recuperando a Adam Smith: genealogía de un engaño

Hugo de Camps Mora

Fuente: Rebelión

Una lectura atenta revela que la obra del economista escocés no puede usarse para justificar el discurso neoliberal contemporáneo.

La gran mayoría de izquierdistas observan con recelo la figura de Adam Smith, uno de los grandes intelectuales de la ilustración escocesa. Concretamente, su popular metáfora sobre la “mano invisible” se relaciona casi automáticamente con la hoja de ruta del neoliberalismo. En gran parte, que se vincule a Smith con la derecha económica tiene mucho sentido. Desde mediados del siglo XX, se ha usado su obra para legitimar una multitud de programas de mercantilización de la sociedad. Un ejemplo relativamente reciente es que, en 2010, estudiantes norteamericanos de diferentes Masters in Business Administration (MBA) formaron The Adam Smith Society, un think-tank que enaltece las virtudes de la liberalización económica. El consenso sobre la interpretación de la obra de Smith, de hecho, es tan grande que hasta muchos de los economistas críticos con el neoliberalismo la aceptan. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, por ejemplo, argumentó que Smith es el máximo representante de la “fantasía neoliberal” contra la que hay que combatir. Teniendo en cuenta el uso tan burdo que se hace de la obra de Smith –a saber: ‘cuanto menos Estado mejor’, al margen del cuándo, el cómo y el dónde–, cabe preguntarse si se le está haciendo justicia. ¿Puede realmente resumirse su obra en tan simple consigna?

De no ser así, interpretar la obra de Smith (o mejor dicho reinterpretarla) permitiría revelar un uso deshonesto y oportunista de la misma. Y aunque comprendería que el lector de estas líneas entendiese este ejercicio como una mera diversión intelectual, sin trasfondo político, no lo es. Analizar la obra de Smith detalladamente contribuye a dejar al adversario sin un mito fundacional que tan comúnmente usa para legitimar sus propuestas. Sin uno de los fundamentos teóricos que reviste los procesos de mercantilización contemporáneos con una pátina de intelectualidad, es más difícil de legitimar el afán de lucro que se esconde tras estos. Criticar la interpretación hegemónica de Smith, pues, es parte de la guerra cultural que deben librar las izquierdas, y es lo que me propongo hacer a continuación.

Smith nace en Kirkcaldy, Escocia, en 1723. Siendo catedrático de filosofía moral en Glasgow, en 1759, publica la Teoría de los Sentimientos Morales, que siempre consideró su obra más importante. A pesar de sus consideraciones personales, hasta la publicación de La riqueza de las naciones, en 1776, no se convierte en un autor clave en la historia intelectual: el padre de la economía moderna. Inicialmente, su legado siguió cauces muy distintos a los que cabría presuponer en base a sus más actuales valedores: las ideas de Smith fueron reivindicadas por pensadores radicales y revolucionarios liberales como Nicolas de Condorcet, Thomas Paine o Mary Wollstonecraft, que contribuyeron a asentar las bases ideológicas de la actual izquierda política.

Pese a su recepción inicial, quienes actualmente señalan a Smith como su predecesor intelectual ya no reivindican su igualitarismo radical y su crítica a las élites económicas. Dejando de lado la complejidad de La riqueza de las naciones, la metáfora de la “mano invisible”, que tan sólo aparece una vez en ella, suele usarse hoy para definir la totalidad del pensamiento de Smith. La expresión se usa para explicar que, sin necesidad de instituciones de control centralizadas, el mercado es capaz de transformar intereses individuales en bienestar colectivo. Economistas como León Walras, Milton Friedman y Paul Samuelson han contribuido a reducir la obra del autor escocés a esta metáfora, y políticos como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, e incluso laboristas como Gordon Brown, la han usado para justificar sus ideas. Al margen de las particularidades que pueda expresar cada uno de sus defensores más contemporáneos, su rasgo común es que, para ellos, Smith cree que cuanto menor sea el grado de intervención estatal en los mercados, mayor será el beneficio social. Basándose supuestamente en la metáfora de la “mano invisible”, estos intelectuales y políticos nos explican que las así llamadas leyes naturales de la oferta y demanda proporcionan la manera más eficiente y justa de fijar los precios y cantidades de una determinada mercancía.

Los defensores contemporáneos de Smith olvidan que para analizar sus ideas y entender qué pretendía con ellas hay que tener en cuenta el contexto social, político y económico en el que las escribió. Las mismas propuestas pueden tener consecuencias radicalmente diferentes en función de dónde se apliquen. A diferencia de hoy, cuando la gran mayoría de mercados tienen estructuras cuasimonopolísticas, en el siglo XVIII las empresas eran pequeñas y estaban especializadas en sectores muy concretos. El principal motivo que explica que el tamaño de las empresas fuese tan limitado es la aversión generalizada que existía en la época a capitalizar compañías a través de acciones transferibles. De hecho, en 1720 entró en vigor la South Sea Bubble Act, que obligaba a las empresas que quisieran financiarse a través de acciones a pedir permiso al Parlamento. Esta legislación influyó profundamente en el tipo de financiación empresarial que existió hasta 1835, año en que se derogó la ley. Como la gran mayoría de empresarios estaban obligados a financiar sus negocios con dinero propio o de conocidos, el tamaño medio de las empresas era relativamente pequeño.

El mercado británico que Smith observó, pues, no tenía agentes gigantescos que pudiesen marcar la pauta a partir de su mayor capacidad de influencia. Reivindicar la mercantilización de ciertos ámbitos de la sociedad representaba una forma de democratización, puesto que limitaba la capacidad de influencia de ciertos grupos de poder. Los precios y cantidades de una mercancía dejarían de ser el resultado de la intervención abusiva de empresas vinculadas al poder político; pasarían a ser el reflejo de una multitud de preferencias individuales canalizadas a través del mercado. Sin embargo, dada la capacidad que tienen hoy las grandes corporaciones de influir en los mercados, desregular implica dar vía libre para que estas impongan sus normas. No es intelectualmente honesto aplicar al pie de la letra las propuestas de Smith a nuestros tiempos. Este reivindicaba la mercantilización para reducir la capacidad de los poderosos de imponer sus normas. Precisamente por esto, en el contexto actual, la promoción de leyes que regulan la competencia, como las que limitan la existencia de monopolios, encajarían mucho más con las intenciones políticas del autor escocés.

No pretendo argumentar que una lectura detallada de la obra de Smith obligue a renunciar al mercado como institución económica. Para Smith, sin duda, el mercado es una institución útil y dinámica, que tiene sentido en sociedades complejas. Concretamente, cree que puede generar prosperidad material mediante el fomento de la especialización, la división del trabajo y el buen uso de las economías de escala. Lo que sí pretendo destacar es aquello que olvidan los que hoy se autoproclaman grandes admiradores de Smith. Aunque el autor escocés enfatice las consecuencias positivas de organizar la producción y distribución de recursos a través del mercado, también tiene muy en cuenta los efectos negativos de este proceso. Smith considera que el mercado no puede organizar la totalidad de la vida social y, quizás para la sorpresa de sus defensores contemporáneos, argumenta que el Estado debe tener un papel clave en las sociedades mercantilizadas. A su entender, hay tres situaciones ante las cuales el Estado deberá actuar: primero, el Estado debe proteger a la sociedad de invasiones extranjeras; segundo, el Estado debe garantizar que todos los ciudadanos tengan igual acceso a la justicia; respecto a la tercera, Smith plantea una explicación algo más compleja.

Smith considera que el Estado también debe invertir en aquellos proyectos que benefician al conjunto de la sociedad, pero que no son suficientemente rentables para que el mercado se ocupe de ellos. Para definirlos, subdivide los proyectos en obras públicas e instituciones. Con obras públicas, se refiere a lo que hoy en día se entiende como infraestructuras (carreteras, canales y puentes, por ejemplo); y con instituciones, se refiere, sobre todo, a la educación. Smith, de hecho, esboza una crítica que luego inspirará a Marx a desarrollar su teoría de la alienación. La división del trabajo que provocan los mercados, señala, vuelve a las personas estúpidas e ignorantes, y las degrada moral e intelectualmente. Para evitar que esto ocurra, Smith considera que el Estado debería intervenir en la sociedad para garantizar el acceso a la educación de sus ciudadanos.

Los tres roles que Smith asigna al Estado demuestran que no le otorga un rol secundario o mínimo. De hecho, dejando de lado el primero de los motivos que plantea –la cuestión de la seguridad nacional–, los otros dos, en cierto modo, hacen que se le pueda considerar un teórico del Estado del bienestar socialdemócrata avant la lettre. Para Smith, independientemente del poder adquisitivo del que dispongan las personas, el Estado debe intervenir para que se les trate como ciudadanos de pleno derecho (que tengan igual acceso a la justicia, a infraestructuras básicas y a instituciones educativas).

Una lectura detallada de Smith que no olvide su historicidad demuestra que su obra no puede usarse para justificar el discurso neoliberal contemporáneo. Ya he dicho que la metáfora de la “mano invisible”, que tan comúnmente se usa para este propósito y se traduce en la fórmula ‘cuanto menos Estado, mejor’, no hace justicia a la complejidad de la obra del autor escocés. Es cierto: Smith no es un férreo anticapitalista, cuyas tesis desvelen las claves para desarrollar una práctica revolucionaria. Pero esto no implica que plantee una burda apología de la sociedad de mercado, que pueda usarse para reivindicar cualquier proceso de desregulación económica. La interpretación hegemónica de su obra proviene de un uso deshonesto y oportunista de la misma. Smith no repudiaba el Estado per se, y aunque quizás sus más férreos seguidores lo desconozcan, dedicó páginas y páginas a reivindicar el papel clave que, en su opinión, éste debía desarrollar.

Hugo de Camps Mora vive entre Barcelona y Londres. Escribe sobre economía, sociología y sobre todo acerca de la interacción entre ambas disciplinas.

MC

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